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lunes, 9 de mayo de 2016

Las Diligencias en Atequiza

Las Diligencias en Atequiza
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Se puede decir que hubo dos épocas, la primera comienza con la intruducción de un sistema de diligencias en México donde Atequiza estaba al paso del camino Real a Michoacán. y en la hacienda había una posta para cambiar a los equinos que halaban las diligencias. La segunda época de las diligencias en Atequiza comienza con la introducción del ferrocarril y con el establecimiento del primer destino turístico que hubo en México: Chapala, pues el servicio atrajo viajeros de diferentes partes del mundo que pasaban por Atequiza a vacacionar cerca del lago.
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Uribe Topete describe el espectáculo que era viajar en diligencia:
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“El uso de nuestras diligencias se inició después de la intervención norteamericana del cuarenta y siete [1847] en que el equipo de carretas y trenes de enormes carros, dio la idea de efectuar los viajes de Veracruz a México con varias diligencias formando ‘un tren’ […] las postas estaban situadas a seis leguas una de otra y tenían caballos para la llanura y acémilas para la montaña […] Aquellos crujientes vehículos ventrudos y bambalenates, que eran tirados por cuatro, ocho y aún doce mulas, de las cuales, dos eran ‘de lanza’, ocho de ‘bambalinas’ y dos de ‘guía’, hábilmente manejados por los mayorales trajeados de charros, repantingados en el elevado pescante, silbando con la lengua en canal y enjutando ambos carrillos, chasqueando el largo chicote de siete pajuelas para azuzar a las bestias y siempre listos a meter ‘retranca’ o ‘manera’, como se dice por el norte de la República, cuando el pesado vehículo se veía en trance de volteo; mientras el ‘sota’[ayudante del cochero], montado en la mula de silla, arreaba a las bestias con el ‘chivero’. ” 4
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“Mucho antes del año de 1816, en que se estableció en España la primera compañía de diligencias, con su estación central en Barcelona, ya en México, en febrero de 1794, el Virrey Segundo Conde de Revillagigedo había concedido licencia a don Manuel Antonio Valdez […] para que extendiese el servicio de sus vehículos a las poblaciones de Guadalajara y Perote […] La administración de las diligencias en Guadalajara se hallaba instalada en la casona Colonial de los Cañedo calle Seminario, (hoy Liceo) […] Las diligencias como algo anacrónico, perduraron en nuestro país, ya entrado el presente siglo [XX]” 5
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Segunda época:
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El Directorio del Estado de Jalisco 1904-1905 alude a Atequiza en lo referente a diligencias:
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“Estación de Atequiza (F.C.M.) a Chapala
Corren tres coches diariamente entre ambos puntos, saliendo de Chapala a las 8:00 a.m. y de Atequiza a la llegada de los trenes. Precio del pasaje: $1.00. Distancia: 16 kilómetros” 6
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Por otro lado, Uribe Topete presenta una recopilación de derroteros que en 1901 existían en Jalisco, basándose en La Ciudad de México de Adolfo Prabtl y José L. Groso, textualmente la de Chapala ofrecía:
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“Del Lago de Chapala:
En la estación Atequiza hay diligencias a la llegada de los trenes de México y Guadalajara. En Chapala van hasta el Hotel Arzapalo” 7
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“Había llegado al pueblo [Chapala] mister [Séptimo] Crow, un inglés que alimentado por el ámbito chapalense se dedicó a hacerle propaganda y comprobar así […lo que dijera] el empresario Manuel Caballero […que] tenía con sus márgenes encantadas, sus aguas diáfanas y sus peces deliciosos, fuertes incentivos para atraer al más exigente turista. A la vuelta de tres años, Ignacio Arzápalo ya tenía instalado lujoso hotel y otros muchos, suntuosas fincas de recreo. El presidente Díaz vacacionaba en la del Manglar” 8
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La dama inglesa E. Alec Tweedie (o Harley que era su apellido de soltera) visitó México entre 1900 y 1901 de ese viaje surgió su libro "Mexico as I saw it", hay un capítulo dedicado a Guadalajara, en el narra su aventura en la diligencia que iba de Atequiza a Chapala: 10
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“Guadalajara era interesante y pintoresca y sus flores muy bonitas. Pero tras una visita de dos días, viajamos a una hora en tren en sentido inverso hasta Atequiza, que queda ya a sólo una jornada de diligencia del famoso Lago de Chapala. Nuestro vagón cambió de vía y fue dejando en un apartadero para esperar nuestro regreso al día siguiente y emprendimos el camino para pasar una noche junto a las famosas aguas.
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Un momento. Permítaseme describir la diligencia. Ciertamente no era la carroza del lord alcalde de Londres, aunque estaba adornada de oro y escarlata. No era un carro de mudanzas, aunque casi lo bastante amplio para serlo. No lo jalaban ratones blancos, como se dice que sucede en los cuentos de hadas, pero sus ocho mulas, aunque casi tan pequeñas como ratones, tenían la fuerza de los leones que todavía merodean en todo México [Jaguares?].
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El señor C. R. Hudson, funcionario del ferrocarril, también el señor Augustín [sic] Temple, una enciclopedia ambulante sobre México y yo, nos acomodamos como pudimos en la imperial, tras el pescante, ya que no había escalones, las ruedas eran altas y el asiento tan inaccesible como la parte superior de un ómnibus neoyorquino de la Quinta Avenida, en uno de los cuales había dado meses antes de un delicioso paseo, aunque al ir a mitad de la subida (por el Dewey Arch, en la esquina de Broadway) deseaba no haber nunca emprendido el ascenso y cavilaba acerca de si seguir subiendo o bajar. Decidí perseverar y arruiné un par de guantes blancos en el empeño. Nadie que no lo haya hecho sabe lo que es trepar hasta arriba de un autobús de la Quinta Avenida y nuestra diligencia era el mismo tipo de aventura; pero en México, más rústico que en Nueva York, ni traía buena ropa ni era observada por los elegantes neoyorquinos, o sea que fue pura diversión sin mortificación alguna. La señora Hudson y su hermana habían preferido ir con otros ocho pasajeros en el interior del curioso coche.
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Por fin nos remontamos a nuestros lugares y delante de nosotros se sentó el cochero con seis riendas y un látigo, con el pie sobre el freno; junto a él, el sotacochero con dos látigos. El primero era corto, para aguijonear las últimas dos mulas, las de varas; el látigo del cochero era largo, para castigar las cuatro mulas delanteras, y el segundo látigo del sota tenía unos 24 pies de largo, con un mango corto. Me asombró su destreza en usarlo, ya que sin esfuerzo alguno fustigaba a los animales delanteros y nuestro tiro era de ocho. Muchos expertos conductores de coches de cuatro caballos (four—in—hand) darían lo que fuera por usar el látigo tan diestramente como los cocheros indios mexicanos. Pero claro, se dice que no hay hombre blanco que pueda montar, conducir o cargar bien una mula.
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Fue un viaje maravilloso a través de las montañas al lago de Chapala. Fuimos a galope la mayor parte del camino, rebotamos por malas veredas y tomamos las curvas de un modo que a muchos sorprendería. El sol brillaba intensamente, el sota sugirió poner el toldo y tiró de una armazón como la de un cochecito de niño y la ató a la plataforma del piso con un grueso cabo de soga. De vez en cuando algo fallaba con el freno; el sota descendía de un brinco, hachuela en mano y con un bloque de madera como de un pie cuadrado – llevaba cerca de una docena de ellos – ; cortaba a hachazos el viejo y ponía el nuevo. Ningún coche en México llega muy lejos sin requerir algunas composturas de este tipo y las sotas son extraordinariamente listos para hacerlas. ‘Ya está’, gritó, y el cochero arrancó dejando al pobre sota colgando como mosca del estribo, para ver que hubiera quedado bien el nuevo freno; luego trepó al pescante sin que el cochero jalara las riendas.
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El cochero realmente era un genio; conducía sus ocho mulas con seis pesadas riendas, fustigaba el pesado freno con el pie hasta cuando íbamos a galope cuesta abajo. Llevaba la pierna enroscada fuera de la plataforma de piso y, para ejercer mayor presión sobre el freno, el sota presionaba del otro lado para añadir más peso. El viejo y pesado carricoche colgado de correas de cuero se columpiaba de un lado a otro; pedruscos en el camino, arroyos que lo atravesaban y demás minucias por el estilo por poco y nos mandan a volar por los aires una y otra vez; pero nunca pasó realmente nada, todo era parte de la diaria rutina y, en México, el nerviosismo no está permitido. Aguilas y halcones nos sobrevolaban y en lontananza vimos el volcán de Colima, uno de los pocos en actividad en México, a unas 90 millas de distancia y como 60 millas del Océano Pacífico. [...]”
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T. Philip Terry, oriundo de Georgetown, E. U.; dedicó su vida al periodismo en Rusia, Japón y México, entre 1905 y 1910, su inclinación turística hizo que sus especialidades fuesen las guías para viajeros, además de útiles vocabularios prácticos del inglés al castellano; en 1909 publica Terry´s Mexico handbook for travellers [Manual Terry´s de México para viajeros] siendo administrador del Sonora News en el cual describe verdaderamente con un lenguaje turístico a los pueblos aledaños a la Ciénaga de Chapala: 11
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“Al pueblo de Chapala, en el lado norte del lago, se llega en ¾ de hora en un barco de vapor, que hace viajes entre este pueblo y Ocotlán. Un método popular para llegar a Chapala consiste en descender del tren en la estación de Atequisa [Atequiza] y viajar de allí en diligencia. La distancia es de aproximadamente 16 km; el tiempo de alrededor de una hora y media, el pasaje de $ 1 ida o vuelta. Para un grupo pequeño (alrededor de cuatro) puede alquilarse un guayín a un precio total de $5 por la jornada. Durante la temporada de lluvias (junio—septiembre) a veces la diligencia se sustituye por caballos, debido a los malos caminos.
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Una ventaja de la diligencia es echar un vistazo a la vida del campo mexicano. Un viaje que cruce éste, siempre tiene un encanto peculiar lo cual es particularmente cierto en México, donde la originalidad de los viejos carruajes – empujados más allá de las fronteras por el veloz tren – todavía están en boga. Un viaje en uno de ellos acerca siempre los pensamientos hasta el llamativo ocaso dorado de los días de la colonia. En México se necesitan desde tres hasta nueve mulas para tirar de esas engorrosas carrozas: donde los caminos van por duras pendientes, los animales están atados en conjuntos, a veces hasta en filas de tres. Esto no se hace solo por una costumbre local, pues los cocheros encuentran difícil enviar un mensaje admonitorio, con el fin de aumentar la velocidad al dirigir uno de estos tríos. En lugar de látigo, el cochero carga con un número de piedras cuidadosamente apiladas en el pescante. Cuando una de las líderes de un conjunto de animales afloja, él le lanza una de estas piedras y con una destreza nacida de la práctica, le atina con una fuerza aguijoneante a la oreja del ‘soldado’. En la mente equina no hay duda que este esmero era digno de mejor causa.
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El resultado es, usualmente, una aceleración, un resoplido, lazar el par de vengativas patas y luego el fogoso arranque por una milla o más – el coche tembloroso y crujiente, atado con cuero, se precipita velozmente como el acelerado animal. Pero, cuando el líder está sin anteojeras el efecto es a menudo diferente. Con destreza digna de atención – arte quizá desarrollada en proporción directa a la habilidad del cochero – la mula, aunque ostensiblemente mira hacia delante, escabullirá mañosamente el proyectil arrojado. Al primer signo de ‘disparos’ descargados con creciente ira, abandonará inmediatamente el camino recto, viajando de lado, con un ojo fijo en el camino y el otro volteando aprehensivamente a la retaguardia. Como esta maniobra disturba usualmente la moral de la tropa, el arriero decide olvidar el pasado y declarar la paz.
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Un viaje nocturno en diligencia es generalmente muy pintoresco. Un criado acompaña al coche y sostiene en alto brillantes antorchas de pino, que dan un aire sobrenatural al paisaje y los veloces animales.
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El camino sale de Atequiza (la estación de la diligencia está al lado del ferrocarril), pasa un gran molino y una hacienda del mismo nombre y se desvía inmediatamente hacia las laderas. En días claros, Colima [el volcán], a 90 millas de distancia, es visible a la derecha. La carretera atraviesa un paisaje de colinas quebradas, florecientes valles y sierras barridas por el viento, desde donde se tienen bellas visiones del campo que las rodea. Mucho antes de alcanzar el lago, parvadas de aves silvestres en forma de ‘V’ pueden ser vistas mientras pasan volando allá arriba.
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Al mismo tiempo, el camino se estrecha hasta ser un sendero, y como serpeamos alrededor de filosos declives, los pensamientos vuelven a mirar los caminos de Yosemite y los viajes similares cruzando las grandes sierras del noroeste […] La diligencia generalmente llega hasta la entrada de uno de los varios hoteles de Chapala.”
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4 El Transporte Tapatío(Francisco Javier Uribe Topete. Capítulos de Historia de Guadalajara Tomo I “Los transportes de los tapatíos”). Agata/Fotoglobo, Guadalajara 2001. pp. 11-12
5, 6 Ibídem, pp. 12-13
7 Idem.
8 El Río Lerma Santiago (Heriberto Moreno García. “Chapala, el Lago”). Agata/Fotoglobo, Guadalajara 1997, p. 2
10 José María Murià, Angélica Peregrina. Viajeros Anglosajones por Jalisco, Siglo XX. INAH; México, D. F. 1992, pp. 285, 292-294
11 José María Murià, Angélica Peregrina op. cit. pp. 299, 303-305, 315.
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Fotografía de la Diligencia de el Hotel Arzapalo: Chapala-Atequiza atravesando las calles de Chapala.
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Según esta fuente "Las diligencias del Hotel Arzapalo fueron conducidas todo el tiempo por los populares D. Nicho y D. Pancho Alcántar, quienes fueron famosos por no haber llegado a tener accidentes de consideración durante sus diarios recorridos hasta Atequiza. En la época de la revolución carrancita, por los años 1915 y 1916, en que los revolucionarios se posesionaron de los trenes y no había servicio diligencias se estuvieron haciendo directos entre Chapala y Guadalajara, con duración mínima de 12 horas, incluyendo el tiempo empleado en Santa Rosa para cambiar tiro de mulas y que comieran el pasaje"
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Esta fotografia fue tomada del blog Chapala Jalisco México
Todo sobre Chapala, su historia, su gente y más. http://chapala.mex.tl/frameset.php?url=%2F99531_Capitulo-X-Turismo-y-promotores.html